Entre cafés y pretensiones ella revolvía la mar en coche de su cartera, en busca de -entre ninguna- y ochocientas cincuenta y tres mil razones para levantarse a la mañana: las monedas extraviadas que subsistían al infortunio de la soledad, las llamadas nunca hechas a números en absoluto acertados, las pastillas rancias sin recetar, algún que otro perfume a mar, quince tarjetas de incrédito sin fondos, unas identificaciones sin refutar; unos cuantos expedientes de alegrías abucheados en la billetera de su reminiscencia, otros tantos escondidos tras viejas facturas de secretos involuntarios; bolsillos plagados de solsticios oxidados, sin tanto más que esperar. ¡Qué tanto tabaco había de abundar!, hallaba más silencios que respiros. Un momento más (y el reposo de la mano). Un desliz de superflua imperturbabilidad, aquella que acarreaba su cierre roto. Pupilas desenfocadas, y pronta desesperación. Ella salía corriendo, había demasiadas razones para pirárselas.
MRA.
30/04/2008, 20:27.
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