"Un buen escritor expresa grandes cosas con pequeñas palabras; a la inversa del mal escritor, que dice cosas insignificantes con palabras grandiosas."

Ernesto Sábato.

miércoles, 19 de mayo de 2010

La estoy pasando como el orto.

Repaso en este intrincado strudel de infortunios que se dice llamar mi mente los motivos por los cuales estoy hace dos horas llorando en el boulevard de Elcano y Zapiola, intermitente de miradas intrigadas, asqueadas (des)motivadas de los transeúntes; ¿qué hacen mosquitos acechándome en pleno otoño?
En algún momento dentro del lapso de este relato terminé escribiendo lo que imagino que alguien imaginará en un anotador de pie y caminando hacia mi casa.
En mi casa daré cuatro vueltas a la cerradura de la puerta y ahora me río, los pintores de mí se ríen, y yo me río más fuerte: una puerta de hierro entrecruzado, incorruptible, impenetrable es la que separa el pasillo del baluarte familiar. ¿Quién sino una manga de puertas entrecruzadas incorruptibles e impenetrables que tal vez se permiten, de cuando en cuando, alguna mirilla (que de paso, está fuera de foco) habrían de imponer una pieza cuasi arquitectónica de ellos mismos? Una casa con puerta blindada y ventanas de doble vidrio hermético. El tema es este. Ese fortín es mi familia.
En este momento me dirijo a la fábrica en Villa Martelli al encuentro de esas personas que te ponés o dios te pone o nadie o nada te pone o no se pone en tu camino, en el asiento de al lado del cbc. De esas a quienes mandás una señal de desesperación en forma de humo y después le llevás un alfajor, como si ese alfajor pudiese demostrar la gratitud de quien vive en un fortín, como si llegara retribuir un salvataje, que viene en forma de encuentro, de bailar con barro del mar muerto en la cara alguna canción de travolta, que te deja volviendo en un bondi con luz violeta o la rodilla negra, y eso que te sampa una sonrisa.
Del boulevard me queda la contractura, la boca seca, la desesperación, la tierra en las zapatillas y un cúmulo de lágrimas por llorar. Infiltrale melancolía a la rutina, o viví la melancolía como rutina.


mel,

martes, 18 de mayo de 2010

Definiendo el amor

Es hielo abrasador, es fuego helado,
es herida que duele y no se siente,
es un soñado bien, un mal presente,
es un breve descanso muy cansado.

Es un descuido que nos da cuidado,
un cobarde con nombre de valiente,
un andar solitario entre la gente,
un amar solamente ser amado.

Es una libertad encarcelada,
que dura hasta el postrero parasismo,
enfermedad que crece si es curada.

Éste es el niño Amor, éste es tu abismo:
mirad cuál amistad tendrá con nada
el que en todo es contrario de sí mismo.


Francisco Quevedo

domingo, 9 de mayo de 2010




Un alud sin pausa reitera mis horas, me indica sin rodeos que no puedo sin vos.
Entonces voy a acariciar cada día de mi vida tu recuerdo en mi alma, inamovible y vital.

Voy a cerrar sin más mis ventanas y escupir mil veces al cielo. Cuando todo vuelva y toque fondo (y admito que cada instante se parece mucho a eso) voy a despertar.
Y voy a salir.

Voy a desenterrar eso que siempre estuvo, y voy a llamar a los mil amaneceres para decir que yo conocí un hombre sin fronteras. Y voy a gritar “¡GRACIAS!, marcaste para siempre mi existir.¡Y Arriba, que cada momento, es momento de ser feliz…!”



mel,

domingo, 2 de mayo de 2010



De quién será la lágrima que todavía no soporta tu ausencia. No quisiera saber. De dónde provendrán estos restos que trepan a los sueños sepultados tras la sonrisa. A quién querellamos hoy. La nada. Un instante, empuñamos la fulminante reminiscencia que habita en la no coexistencia. Nostalgia. Ahora, que el duelo se hace irrevocable, y nos lleva a abrazarte. Cuanto antes.

Todavía, que el amor le hace frente al desamparo. Y así será siempre. Así te recordaré siempre.

31-08-08 / 02-05-10


mel,