Siempre pensé y alguna que otra vez manifesté que hay situaciones en las que estoy SEGURA de que Dios se está cagando de risa en mi cara. Bueno, hace unos días explicaba a dos grandes amigas que hacía tiempo ya que no escribía porque cuando lo hice, lo hice siempre desde el dolor. Y como quien desafía a Dios a que le demuestre lo contrario, yo osé a añadir que hacía mucho tiempo ya que no sentía dolor. Fui testigo inadvertido de mi propio derrumbe, de desafiar a un Dios que no pelea en pie de igualdad. Es que conmigo la justicia perdió su ceguera, y se ve que yo mucho no le gusto.
Y aunque repase una y mil veces las andadas por mi cabeza, tratando de dilucidar qué detalle tan determinante se me pasó, estoy desafiando nuevamente a dios, con la diferencia de que esta vez sé la respuesta, y es simple. La respuesta es lo más doloroso. La respuesta es que no hice nada mal. La situacion es tan desabrida que no tengo siquiera algo con lo que torturarme, no tengo nada de qué arrepentirme. Muchas personas lo llamarían posibilidad de tranquilidad, para mí es dolor.
Para mí es dolor.
Para mí es sentarme a llorar por nada. Para mí eso es dolor.
mel,
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